Por Luis Alberto Tamayo
Afortunadamente, en todas las generaciones hay chicos y chicas a los que precozmente los atrapan los libros. Tienen esa cosa linda de estar contagiados con el mundo. Ríen, cantan, bailan, juegan a la pelota, pero leen, quieren saber, manejar detalles, comprender mecanismos. Romper la cárcel del tiempo.
Les tocó vivir en este siglo XXI, pero pueden sufrir y gozar la Edad Media o el Renacimiento viviendo ahí. O viviendo en un tiempo futuro o en un mundo imaginario lleno de vampiros. Ellos han descubierto el secreto de ser libres en los libros. No son un fenómeno raro, siempre han existido, pero son silenciosos, no muy visibles.

Allá en el liceo de hombres de Temuco, en el país de la lluvia, a comienzos del 1900, dos chicos eran los que iban cada semana a hurguetear a la escuálida Biblioteca. Uno se llamaba Ricardo Reyes y el otro Gilberto Concha. Iban a empaparse de frío a una biblioteca en penumbras. Buscaban libros, se los llevaban, los traían leídos y releídos. Con el tiempo esos dos chicos se convirtieron en poetas, se cambiaron sus nombres. Uno se llamó Pablo Neruda y el otro Juvencio Valle. Dos poetas chilenos y del mundo.
Durante décadas en el Instituto Nacional ha funcionado la Academia de Letras Castellanas: ahí se reúnen los chiflados de los libros. Por ahí pasaron Carlos Cerda, Antonio Skármeta, José Miguel Varas, Luis Sepúlveda y un largo etcétera.

En nuestro colegio también hay chicos y chicas así de raros, de normales y geniales. Silenciosos amadores de libros. Andan por ahí sueltos en cualquier lugar del Altamira… y a veces se juntan en un taller de libre disposición dirigido por el monitor literario Nicolás Labarca. Me tocó por casualidad conocerlos y participar en una de sus sesiones durante este año. Ellos hablan de libros, los comentan, los critican, los chillan, los comparten.
De una mochila, una niña de cabello muy largo, sacó un ebook… ahí andaba trayendo como diez novelas y estaba leyendo dos al mismo tiempo. O sea, el futuro ya está aquí. Una tableta de pantalla gris, sin brillo, una biblioteca perdida entre sus cuadernos, flauta, celular, paquete de galletas, estuche de maquillaje, un peluche, etc.
Me dediqué a escuchar. Cada uno contaba qué estaba leyendo y cómo iba su lectura, cómo avanzaba y qué alegrías y dificultades tenía. Eran todos diferentes, pero tenían un amor en común que les pintaba la mirada de un brillo similar: el amor a los libros. Hablaron de libros, historias, problemas, vida. Hablaron de metidas de pata, películas, enanos de jardín, vida rebosante.
Los tiempos cambian, pero hay un modo de registrar el mundo, repensarlo, analizar y recrear, construirlo al ritmo de caminata con lenguaje. Caminar al ritmo de nuestras palabras. Nuestra respiración, nuestro andar, nuestras ideas, nuestras creaciones, adaptaciones, con palabras.
El modo de pensar, el modo de operar de nuestro ser, se va modificando también con la tecnología, pero ahí están los libros, los que leyeron y escribieron Platón y Aristófanes, Hipatia y Aristóteles.
Tenemos libros, se escriben libros que tratan de adelantar cuál será la suerte de los libros. Por mi parte creo que seguirán existiendo corpóreos, manipulables, admirables, mientras sigan naciendo niños y niñas que traen en sus ojos el amor a los libros, el amor a la vida. Siempre habrá un caminante que buscará un recodo con sombra a la orilla del camino y se sentará un rato largo en compañía de un libro.






















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