Por Luis Alberto Tamayo
Hablemos de libros
Educar hoy, es por sobre todo, ir probando, inventando adaptando, mirando qué pasa, cómo se van conformando esas nuevas infancias, esas nuevas juventudes, tan distintas y tan semejantes a la infancia y juventud de los que ahora somos adultos.
Los profesores debemos mirar para todos lados, buscar información, ver dónde hay algo que funcione que dé frutos en esto de preparar buenas personas para el futuro. Buenas, documentadas y eficientes; operativas, responsables, creativas y cultas. Nada menos que eso. Entonces el leer, leer y leer, es un algo fundamental, fundacional. Ahí está nuestro idioma, la herramienta para entendernos y colaborarnos, ahí está nuestra historia para interpretar lo que nos pasa.
En nuestro afán por conectar a los muchachos con los clásicos, con los monumentos de nuestra literatura, nos topamos con una propuesta de la Editorial Española Vicens Vives: “La leyenda del Cid” Es una novela escrita por Agustín Sánchez Aguilar. ¿Quién es este señor? Bueno, es Doctor en filosofía hispánica y especialista en literatura del siglo de oro. Magnífico, pero puede ser un señor sabiondo y muy latero. Y no es así, por suerte. Este don Agustín ya había adaptado El Quijote para lectores juveniles, y ahora las emprende con El Cid Campeador.

Muchos adultos de hoy aún recuerdan con dolor que los hayan obligado a leer el Poema del Cid… claro, en su lenguaje original que era algo así como:
“Oíd que dixo Minaya Álvar Fáñez
Campeador, fagamos lo que voz plaze”
Que traducido al español actual sería algo como:
Escucha lo que dice Minaya, Álvar Fáñez
Campeador, hagamos como usted dice.
Lo que hace Agustín Sánchez, con toda su lucidez y sapiencia, no es traducir verso por verso el poema del Cid, sino componer una novela moderna con todos los antecedentes históricos y literarios de este personaje.
Todo se junta, desde los hallazgos de los historiadores hasta lo inventado por el pueblo. El romance del joven don Rodrigo Díaz de Vivar con Ximena, la hija del conde de Orgaz, quien ha humillado a su padre y el joven Cid lo mata en duelo. Eso no está en el poema, el poema además no está entero, hay páginas perdidas. Aparece también la última batalla que el Cid gana después de muerto porque sus guerreros lo visten con su armadura y lo amarran al caballo. Todo eso pasa. Desde las primeras escaramuzas con los moros, hasta el destierro con que el rey, su señor, lo castiga.
En la novela hay romance, ideales de justicia, aventura, ascenso social, lealtades, traiciones, valor… y el gran decorado, el atractivo decorado de la Edad Media.
El libro entero es una larga y
fantástica lección de historia. Hay diálogos, imágenes, suspenso. Pero es un libro, y cada lector debe
imaginar, re-crear dentro de su cabeza lo que dicen, señalan, sugieren las
palabras. Los castillos, los caballos,
los caballeros, todo eso que es el pasado de la humanidad y que aún resulta
atractivo y que se puede recrear incluso saltando a un tiempo desconocido o al
futuro, como en El Señor de Los Anillos o en La guerra de las Galaxias.
Adaptar un clásico es un riesgo, pero este está dignamente hecho, bien hecho. Me recuerda las magníficas adaptaciones de clásicos realizados hace ya varias décadas por la editorial Argentina Billiken.
Veamos:
“Dicen que cada vez que nace un héroe, la tierra tiembla de pura alegría y el cielo de la noche se ilumina con un sinfín de estrellas nuevas. Pero debe ser una leyenda de esas que cuentan los malos juglares, porque cuando nació el Cid Campeador no hubo prodigios ni en la tierra ni en el cielo. El sol salió y se escondió como siempre, las aguas de los ríos bajaron con calma, y en el paisaje dorado de los campos no se vio más movimiento que el del trigo mecido por la brisa.”
Esto escribe don Agustín Sánchez de Aguilar, correcto y entendible idioma español. Y no nos asustemos porque los mismos chicos que chatean y mandan mensajes por los celulares con una ortografía atroz, son capaces también de leer, sentir y comprender los escritos crípticos y sugerentes de José Luis Flores en las cartas del juego Mitos y Leyendas. A los muchachos les atrae el pasado, en buena hora, y la Edad Media en particular.
El Poema del Mío Cid es la obra más antigua del idioma español y los muchachos la conocieron así, sin dolor, entretenidos, y puede ser, y me atrevo a apostarlo, que más de alguno vaya después de puro gusto y saque de la biblioteca el libro original y se maraville con esas palabras antiguas.
Las bestias, que así le llamaban a los caballos en la edad media y así les llaman aún en los campos chilenos, conocerán las magnificas espadas “Colada y Tizona”, y se enterarán de que la violencia contra la mujer es un tema antiguo , la Afrenta de Corpes, así lo prueba y que fue ejemplarmente castigada por el Cid el justiciero que en buena hora nació.






















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