Abrir los ojos…salir a mirar
Texto: Luis Alberto Muñoz/Trabajos, clase de artes con la profesora Sandra Arancibia
El arquitecto Matías Klotz imaginó el edificio del Colegio Altamira. Un edificio que no pelea con su entorno, sino que se funde armoniosamente a él. La explanada toma la curva descendente del faldeo cordillerano y se eleva como jugando y construye un mirador. El Colegio Altamira es un laberinto en que por muchos caminos se puede llegar a un mismo punto; al igual que en el aprendizaje, al que se puede llegar de distintas formas y que es por sobre todo, imaginar...mucho, siempre.
Miramos nuestro colegio con los ojos
abiertos y nos topamos con un magnífico muro de piedra. Tocar la piedra, mirar cómo la abrazan las enredaderas, cómo lo recorren las
lagartijas y se esconden las arañas, las buenas arañas de jardín. Un muro enorme, largo, potente…se siente la potencia de la piedra.
Piedra en la piedra , el hombre , dónde estuvo?
Así nos interrogaba Neruda, absorto ante los muros de piedra perfectos de Machu Pichu.
Nosotros decimos, cientos de piedra, miles de piedra, arriba el cielo y junto a las piedras, los jóvenes, los niños, todos.
Y claro, Peñalolén es un lugar de pircas, hermosas y centenarias.Entonces nuestro gran muro es solo heredero de lo antiguo, continuador de
un entorno. El color pardo de nuestras
piedras que conversan con las rocas de
la madre cordillera, la saludan cada
mañana.
Las pircas, muros de piedra, son un testimonio más de la dominación que los incas ejercieron hasta un poco más al sur del río Maipo (exploraron hasta el Maule). Éramos del Tawantinsuyu, las cuatro grandes áreas en que se dividía el imperio,nosotros éramos parte del Collasuyo. Llegaron los incas desde el Cusco y traían técnicas de cultivo, árboles nuevos, técnicas para hacer caminos y puentes;exploraron, construyeron altares y observatorios y traían el arte de hacer pircas, muros de piedra.
Peñalolén estaba
lleno de pircas. Entonces, la gran
pirca de nuestro colegio tiene sentido, historia, fundamento. Pero no es una pirca como las de
hace quinientos años, todo cambia.Los campesinos de Chile le agregaron a las pircas postes de madera y sobre ellas los horribles alambres de púas. Los habitantes de Santiago construyen hermosos muros de piedra, pero no con barro como los incas, sino con cemento. Pircas modernas.
Nuestro gran muro está constituido por módulos. Jaulas de malla de alambres de acero, firmes, sólidas. Jaulas que se asientan unas sobre otras y con el peso construyen un todo inamovible. Los temblores y terremotos hacen que las piedras se acomoden y se asienten calmas. Toneladas de piedras. La energía de la piedra ahí, siempre y la podemos sentir.

Se siente la energía de la piedra, la paciencia de la piedra. No son piedras quietas, son piedras redondeadas, lavadas, han estado en torrentes de río, han sido redondeadas por el rodar y rodar, ¿hace cuánto tiempo? No lo sabemos, pero son piedras alegres y movedizas que se han tomado solo un rato de descanso, se dejaron atrapar y encerrar. Pero son piedras y gozan el momento, ellas tienen todo el tiempo del mundo y alguna vez volverán a rodar.
Tanto movimiento ahí, descansando por un rato, tanta energía quieta, alegremente quieta. Piedras traviesas contemplando niños y adolescentes traviesos.
Los niños y niñas miraron el muro. Abrieron los ojos y lo vieron: nuestro gran muro de las alegrías.
Para ver en detalle las fotografías del álbum, pincha aquí.























Sobre el muro
Muy sugestivo el artículo acerca de los muros. Abre la imaginación y los sentidos. Allí donde solo se vislumbra la dureza de la piedra, de los límites y las fronteras... nos invita a descubrir la belleza... y la vida.
Mariana Mora