¡Qué año! ¿No? Entre tanto quiebre nacional y en la evidencia de la incertidumbre puesta en el corazón de la institucionalidad del país, la educación; se me aparece nuestra escuela en toda su humanidad y la triste ausencia de un Proyecto Educativo nacional que incorpore la calle, los barrios y la vida a su estructura curricular y vivencial. Veo la invisibilización que hace la escuela como institución de los sujetos/personas /seres humanos/as, y la escasa noción de la incertidumbre existencial que aqueja los nuevos tiempos; veo una educación paralizada, no sólo en sus logros reivindicativos básicos sino también en la capacidad de soñar y apostar por niños/as y jóvenes que tienen historia, contextos, noción de futuro, creatividad e inteligencia multidimensional. Hablo de niños/as y jóvenes que suplican rabiosamente ser vistos, reconocidos, escuchados, sentidos e incorporados desde ellos y no desde el horizonte de expectativas que el mundo adulto genera en torno a sí mismo, a nuestros propios miedos.
Cuando pienso nuestra escuela Altamira, la añoro saliendo del margen sectorial e invadiendo hasta el último rincón de nuestra tierra, esta escuela ajena a lo perfecto, que se autoeduca día a día en una convicción que advirtiera la mecánica cuántica a inicios del siglo XX, para los que necesitan de las verdades científicas añado este dato, aunque la poesía lo develara desde siempre: la vida en sí misma es desde las singularidades, se construye desde los distintos observadores y es expresión de las múltiples subjetividades ¿Cómo entonces no compartir el sueño educativo con todos y todas, si la vida nos habla tan claro desde todos sus ecos?
Este agitado 2011 nos sorprendió con toda su vorágine en una tarea: formándonos en Comunidades de Aprendizaje, construyendo entre todos y todas; madres, padres, profesores, auxiliares, administrativos y directivos, nuestro ser social; aquella marca identitaria que entregan las distintas edades, compartiendo un relato ético que nos unifica como espacio educativo donde “todos y todas pueden aprender”. Hemos cultivado el sentido de lo humano, vivenciado definiciones, hemos husmeado posibilidades, resignificado nuestros ritos, cuestionado nuestras prácticas; en fin, hemos com-partido el sentido de este azar que nos puso juntos en la metafórica presencia de esta imponente cordillera que nos recuerda a diario -en su transversalidad- que está allí para todos y todas, como nuestro Proyecto Educativo.
Desafiante misión ésta la de aprender a pensar/hacer con otros; confrontadora en cuanto nos muestra que nos acomoda a todos creer que la verdad es la propia; demandante en cuanto compartir sentidos cuesta trabajo; urgente en cuanto hacer de esta entelequia acción, constituye una convicción ética insoslayable si afirmamos que vivir juntos se puede y que esta escuela vive lo que cree.
María Verónica Vergara Orellana
*Carta Anuario Altamira 2011
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