Por Luis Alberto Tamayo
Si
queremos que nuestros niños y niñas lean, debemos hacerlos redescubrir
la alegría de leer. Una experiencia humana grabada en nuestra
memoria es el momento en que pudimos leer los letreros de las
tiendas y los titulares de los diarios. Ya éramos dueños del mundo,
podíamos escucharlo.
La alegría de leer está íntimamente ligada a la alegría de
escuchar. Escuchar otra vez el relato de los hombres primitivos que
se ausentaban durante un par de semanas de la caverna que los cobijaba,
para irse en persecución de una manada de búfalos. Luego de la
ausencia se les veía volver con una animal entero para despostarlo, sacarle el cuero, salar la carne , ahumarla y, antes y primeo que nada, contar las peripecias de la cacería. Narrar alrededor del fuego los peligros, los detalles, las
sorpresas; compartir la incertidumbre ante lo desconocido. Contar los
hechos una y otra vez, la valentía, el arrojo, el ingenio. El
cazador ausente debía comunicar la hazaña; debía convertir en palabras
lo visto y vivido y entregárselo de regalo a las mujeres, los niños,
los ancianos, a los guardadores del clan, a todos los que no pudieron
asistir a la proeza. He ahí la magia de la narración, vencer al
tiempo y al espacio por el arte de la palabra justa.
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