Observar el dolor que exuda la brutalidad de las imágenes que muestran el cuerpo de Daniel Zamudio mutilado por la intolerancia de enajenados o leer los artículos que refieren las horas de tortura a las que fue expuesto, no puede ser visto desde la tranquilidad de nuestros hogares, a modo de espectáculo doloroso que conmueve por segundos nuestro ocupado día, ni tampoco aislado de la violencia social que evidencia cada cierto rato que “algo no funciona” en este modo de convivir.


















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