¿Cómo cuidamos los vínculos familiares en una infancia atravesada por pantallas?

Las pantallas forman parte de la vida cotidiana de niños, niñas y adolescentes. Están presentes en los espacios de aprendizaje, entretención y comunicación, ofreciendo múltiples oportunidades para explorar, crear y conectarse. Sin embargo, su creciente protagonismo también plantea desafíos para las familias y la educación, especialmente cuando comienzan a desplazar espacios fundamentales para el desarrollo humano: el juego tradicional, la conversación presencial, el movimiento y los vínculos.

¿Cómo encontrar el equilibrio? ¿Qué dice la neurociencia sobre el impacto de las pantallas? ¿Qué rol cumplen los adultos en este escenario? Para abordar estas preguntas conversamos con tres profesionales de nuestra comunidad educativa: Paulina Saavedra, Coordinadora de Play Group, Pre Kínder y Kínder; Fabián Burgos, Coordinador del Área de Robótica y profesor de Creatividad Digital y Programación; y Pedro Rosas, rector del Colegio Altamira y doctorado en neurociencias.

El vínculo sigue siendo la base

Durante la primera infancia, las experiencias cotidianas son fundamentales para el desarrollo emocional, social y cognitivo. Según explica Paulina Saavedra, los niños y niñas necesitan mucho más que estimulación: necesitan presencia.

"En la primera infancia los niños/as necesitan principalmente vínculo, interacción humana, juego, movimiento, lenguaje y presencia emocional de los adultos/as. Es a través de las experiencias cotidianas, la conversación, la exploración y el juego compartido que van desarrollando habilidades fundamentales como la regulación emocional, la comunicación, la empatía y la capacidad de relacionarse con otros/as".

Cuando las pantallas comienzan a ocupar demasiado espacio, especialmente sin acompañamiento adulto, algunas de estas experiencias pueden verse limitadas. Entre las señales que pueden indicar la necesidad de una mayor regulación están la “irritabilidad al terminar el tiempo de uso, dificultad para entretenerse o jugar sin dispositivos, problemas de sueño, frustración muy intensa o una necesidad constante de estímulos rápidos e inmediatos” menciona.

Sin embargo, enfatiza que la conversación no debe centrarse en la culpa de las familias.

"Creo que este tema hay que abordarlo con mucha empatía hacia las familias y bajando bastante la culpa. Hoy las pantallas están súper presentes en nuestra vida cotidiana y muchas veces también aparecen desde el cansancio, la sobrecarga o simplemente porque las familias están haciendo lo mejor que pueden entre trabajo, crianza y mil responsabilidades más".

Más que buscar perfección, señala, el desafío está en proteger espacios cotidianos de encuentro: comidas compartidas, lectura de cuentos, juego libre y momentos de atención exclusiva hacia los niños y niñas.

Tecnología: el desafío es cómo se utiliza

La tecnología también puede convertirse en una herramienta poderosa para desarrollar habilidades cuando se utiliza de manera activa y significativa. Para Fabián Burgos, "El uso pasivo representa un consumo que no requiere interacción (como ver videos), reduciendo el compromiso cognitivo y la imaginación. El uso creativo o activo implica que el estudiante toma la iniciativa para explorar, resolver problemas o crear (como programación, animaciones), estimulando la flexibilidad cognitiva, el pensamiento abstracto y el pensamiento creativo".

"Los adultos debemos actuar como 'mentores de medios', acompañando y realizando preguntas para cuestionar la veracidad del contenido que consumen, su impacto y el de la publicidad que podrían estar consumiendo como consecuencia", agrega.

Lo que ocurre en el cerebro en desarrollo

Desde la neurociencia, Pedro Rosas explica "El cerebro infantil y adolescente está en plena construcción. La parte de nuestro cerebro que es responsable de la toma de decisiones, el control de impulsos y la planificación (corteza prefrontal) es la región que 'madura' más tardíamente. No se trata de que el cerebro esté "incompleto", sino de que en esta etapa es especialmente sensible a los ambientes que lo moldean.".

Por ello, no solo hay que analizar la pantalla como objeto, sino que la combinación entre pantalla + algoritmo. "Las plataformas de redes sociales están construidas sobre lógicas de recompensa (notificaciones impredecibles, likes, contenido infinito), que activan de forma sostenida el sistema dopaminérgico, el circuito cerebral del placer y la motivación".

Entre los efectos más estudiados aparecen las dificultades para sostener la atención, los problemas de sueño y los desafíos para la regulación emocional. A esto se suma que la interacción digital no puede reemplazar aspectos esenciales de la comunicación humana.

"Porque somos seres sociales por naturaleza. Más aún, no nos desarrollamos solos: aprendemos a ser personas en presencia de otras personas. Esto no es una metáfora, es una realidad que la investigación sobre desarrollo humano confirma una y otra vez.

Un lugar seguro: acompañamiento y enseñanza 

Aunque el debate sobre las pantallas suele plantearse en términos de restricciones, los tres entrevistados coinciden en que el camino más efectivo es el acompañamiento.

Pedro Rosas explica que existe una diferencia fundamental entre prohibir y educar:

“La investigación sobre autorregulación muestra que los niños desarrollan mayor capacidad de autocontrol cuando los adultos explican los criterios detrás de los límites y los negocian progresivamente a medida que el niño crece. No es permisividad ni es control rígido: es el ejercicio de una autoridad que enseña, no que solo restringe”.

Asimismo, Fabián Burgos señala que los padres “Deben ser acompañantes activos que participen del consumo y conversen  sobre los contenidos de interés de sus hijo/as”.

Por su parte, Paulina Saavedra, sostiene: "En un mundo donde las pantallas están tan presentes, creo que el gran desafío es que los niños/as sigan sintiendo que el encuentro con otros/as, la conversación y la presencia real de los adultos/as siguen siendo un lugar seguro, disponible y significativo para ellos/as".

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