
Al criar, queremos que nuestros hijos e hijas sean felices, que no sufran, que no se frustren, etc. Sin embargo, en ocasiones y en el intento de que así sea puede confundirse amor con permisividad, lo que conlleva a situaciones complicadas tanto en casa como fuera de ella. Lo cierto, es que poner límites no es algo negativo, sino todo lo contrario: es una forma profunda de cuidado, contención y guía.
“Enseñar límites, buen trato y respeto a los niños es fundamental porque les entrega herramientas emocionales y sociales esenciales para su desarrollo”, explicó Francisca Vicuña, psicóloga del primer ciclo del Colegio Altamira. “Aprender a respetar normas, a relacionarse con otros de manera empática y a reconocer tanto sus derechos como los de los demás, les permite construir relaciones saludables, resolver conflictos de forma pacífica y sentirse seguros en los espacios que habitan”
Desde su rol y junto al equipo de convivencia escolar del colegio se trabaja en talleres socioemocionales que se desarrollan de forma lúdica y reflexiva: cuentos, juegos cooperativos, dinámicas grupales y más. Todo con un objetivo claro: que los niños y niñas aprendan a identificar sus emociones, poner en práctica la escucha activa y comprender la importancia de respetar normas comunes para una buena convivencia.
Y entonces, ¿qué pasa cuando en casa no existen límites claros? Paulina Saavedra, Coordinadora de Preescolar del Colegio Altamira, nos habla sobre algunas de sus consecuencias: “Dificultad para aceptar un “no”, pataletas, baja tolerancia a la frustración, inseguridad y ansiedad, problemas para seguir normas en la escuela, egocentrismo, tendencia a culpar a otros, relaciones sociales conflictivas, baja autoestima a largo plazo, entre otras”
Ambas profesionales coinciden en que el rol de los adultos en el hogar es clave. “Se pueden incorporar rutinas claras que refuercen hábitos de autocuidado como el descanso, la alimentación saludable, la higiene y el tiempo para jugar o estar en calma. También es útil darles pequeñas decisiones sobre su cuerpo y entorno. Por ejemplo: ¿Quieres saludar con abrazo o con la mano?, ya que eso fortalece su autonomía y conciencia corporal” afirma Francisca Vicuña.
“Modelar el respeto por los propios límites y los de los demás es clave. Si los adultos practican y respetan sus propios espacios y emociones, los niños aprenderán por observación que ponerse límites no es egoísmo, sino una forma de quererse y protegerse”, finaliza.
Y si bien puede parecer difícil al principio, no se trata de ser autoritarios, sino de guiar con amor. Paulina Saavedra, lo resume así: “Poner límites no es dejar de querer, es todo lo contrario, es mostrarles el camino, acompañarlos con firmeza y cariño. Los niños que crecen con límites claros se sienten más seguros, confiados y preparados para enfrentar el mundo.”
Además, nos comparte algunos consejos y ejemplos para comenzar:
Poner límites es una forma de amar. Con respeto, guía y presencia, les enseñamos a nuestros hijos e hijas a vivir mejor.

¿Por qué mi hijo no quiere compartir? ¿Tendrá amigos? ¿Cuándo es momento de hablar sobre sexualidad? Estas y muchas otras preguntas son parte del día a día de quienes acompañan la infancia. Para muchas familias, criar puede sentirse como un camino de incertidumbres. Por eso, desde el Colegio Altamira conversamos con nuestros coordinadores, psicólogas y expertos de Primer Ciclo para conocer cuáles son las principales inquietudes que enfrentan madres y padres en las distintas etapas de desarrollo, y cómo podemos abordarlas con mayor tranquilidad y conocimiento.

Acompañar la vocación no debería ser una preocupación solo del final de la etapa escolar. Cada espacio en que un niño, niña o adolescente descubre lo que le interesa, lo que se le da bien o lo que simplemente disfruta, puede marcar una diferencia en la forma en que construye su identidad y su futuro.

La irrupción de la inteligencia artificial generativa está transformando la educación en todo el mundo. La UNESCO estima que más de mil millones de personas ya utilizan chatbots de IA, y que nueve de cada diez académicos los ocupan en su trabajo profesional. Con este nivel de impacto, la conversación ya no es si debemos o no usar estas herramientas, sino cómo hacerlo de manera ética, crítica y beneficiosa para los estudiantes.

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